Durante estos últimos cuatro meses, casi todo lo que he escrito ha estado vinculado al accidente que tuve el 19 de marzo, el cual me paró en seco. Estos meses están siendo un viaje profundo hacia mi interior. De ahí han salido muchos recursos y reflexiones que había preparado a lo largo de los años y que han aparecido cuando más los necesitaba. Y creía necesario compartirlo con el mundo.

El proceso de toma de conciencia de este tiempo en distintos aspectos da para una tesis. Algunas personas me han dicho: «Seguro que has estado escribiendo un libro» o «Seguro que durante este tiempo has sacado nuevos proyectos». Esto me lleva a un tema central para mí y seguro que para muchas personas: la identificación que construimos de nosotros mismos a lo largo de los años y de la que es difícil desidentificarse si seguimos corriendo. Nuestra identidad.

Vigela lloret coaching sobre la necesidad de parar para reflexionar: La identidad

La Capacidad de Reflexión:

La sabia de mi prima Irene, hablando con ella desde la camilla del fisioterapeuta, me contestó contundentemente tras escucharme en una de esas largas conversaciones telefónicas: «¿Sabes qué, Vige? Todo el mundo debería romperse las dos piernas una vez en la vida».

Me silenció. Pero ella, que no da puntada sin hilo y que ha promovido varias iniciativas a lo largo de su vida gracias a su capacidad de reflexión, tenía un sentido para esa contundente afirmación. (Ahora está tratando de influir a través de expertos con un trabajo propio incesante, en la modificación de las leyes del uso de los móviles en menores y  podrás  ver algunos avances en las noticias, pocos y tibios para su gusto, pero algo es algo).

Si no paramos, no pensamos con calma, no nos miramos por dentro. Y es cierto, por más que creamos que lo estamos haciendo. Esta es otra creencia.

En un accidente de este calibre, donde te detienes por obligación, con la «certeza» de que volverás a caminar y recuperar tu vida algún día, aunque sin fecha cierta, te enfrentas a ti misma, tú y tu circunstancia, nunca mejor dicho. Me encontré con que mi gran identificación con mi aspecto laboral, de repente, tenía que parar, ambos, mi trabajo y mi sentido de identidad.

Mi Identidad

No sé si esto se entiende bien, pero es así, mi identidad, totalmente dependiente de lo que hago profesionalmente, aquello a lo que he dedicado mi vida, temporalmente desaparecía. Por dos razones:

  1. Tuve que afrontar complejas conversaciones con mis clientes y decirles «lo siento, no puedo darte de momento mis servicios». Me costó dar el paso y agradezco infinitamente su comprensión. Pero para mí la lectura inicial de este paso fue, ¿y ahora quién soy? Si no hago lo que sé hacer y a lo que he dedicado mi vida, ¿quién soy? Una suma de creencias que nos llevan a crear esa identidad con la que nos presentamos ante el mundo y creemos inamovible.
  2.  De mis cuatro aspectos del equilibrio humano: emocional, intelectual, corporal y espiritual, mi aspecto intelectual estaba casi anulado. Mi trabajo era cuidar de mi cuerpo porque se había roto, cuidar de mi emocionalidad para mantenerme calmada y serena y así ayudar a mi cuerpo. Y sobre todo, ese aspecto tan ambiguo, abierto, personal, abstracto… el espiritual, necesitaba alimentarlo porque ha sido  durante estos meses mi gran fortaleza.

El Propósito:

Cuidar de mi espiritualidad era un “must”, que no de mi propósito que antes unía o sustituía incluso. Mi espiritualidad se ha encargado de mí, se ha ocupado de mi emocionalidad para que a su vez pudiésemos cuidar a mi cuerpo. De mis pensamientos se ha encargado también mi espiritualidad, grandes conversaciones interiores que me han ayudado a mantenerme serena. Y claro que he sentido mucho dolor y grandes dudas, pero no han contaminado ni a mis pensamientos ni a mis emociones.

El dolor es dolor y no debía enturbiar mis días. A mi intelectualidad la hemos dejado descansar durante todo este tiempo, estaba parada, sin energía ni impulso, y no lo he luchado, no gasté energía en ello, pues sabía que volvería cuando estuviese curada. El propósito, que en mi caso estaba siempre vinculado a mi profesión, se puso en negro, desaparecido. Y me di cuenta, de que no pasaba nada. Yo soy mucho más que mi profesión, como tú.

Mi energía emanaba de estas partes de mí hasta entonces secundarias: emoción y espíritu. Gracias a mi  búsqueda constante y conexión espiritual, he explorado diferentes maneras de vivir la espiritualidad a lo largo de muchos años. Sin embargo, en estos meses de convalecencia, el crecimiento de mi fe cristiana, que ya había comenzado meses atrás por diversas experiencias de mi vida, ha sido notable. Desde mi libertad, he elegido como camino espiritual volver a casa, a la fe conocida.

Antes vs Ahora, sobre las creencias que forman la identidad:

De muy joven creía por tradición, ahora por convicción (aunque suene más «pro» profesar la fe budista o tahoista o cualquiera otra que exploré pero cuyo arraigo me queda lejano. De la fe cristina conozco, como en las buenas familias, lo bueno y lo malo -de otras conozco sólo lo bueno-. Aunque comprendo las distintas creencias religiosas o de fe que profesen otras personas. Siempre me ha admirado en los distintos viajes a países orientales, su práctica constante y sus liturgias diarias que en Occidente hemos abandonado una gran mayoría pero que nos están esperando).Esta fe me ha fortalecido y ayudado a confiar, a sanar, a sentirme acompañada pues son muchas las horas que he pasado con preguntas internas y algún que otro miedo. Sin embargo, fortalecer este aspecto, sentirme acompañada espiritualmente y sentir la ayuda de mi familia y amigos para cuidar de mí, ha sido central en el proceso. Tenía el shock del accidente, 2 piernas sin función temporal y una desidentificación que no sabía como afrontar. Confiar, qué gran verbo!

Y este post, que va sobre el apego a nuestra identidad, emerge desde la plena consciencia de estos meses de crecimiento. Cuántas madres, cuando sus hijos crecen y vuelan, se sienten perdidas… han pasado tanto tiempo viviendo a través de ellos que cuando ellos inician su propia vida, se dan cuenta de que solo tienen vida a través de las experiencias de los hijos. Al centrarse en ellos, se pierde la identidad propia y necesitan recuperarla de esta manera. De hecho las seguirás escuchando hablar de ellos en el 80% de sus conversaciones cuando ellos ya han volado.

Cuántas personas, al perder un trabajo donde han pasado mucho tiempo, se sumergen en una vida llena de ira, miedo, depresión… porque su identidad se basaba en aquello que hacían en aquel lugar.  Cuántas personas, al perder una pareja estable, se pierden… y algunas, con el tiempo, inician el  trabajo de su identidad individual para así aprender a vivir sin pareja y prepararse para lo que venga. Otras, sin embargo, se suben a una nueva relación o prefieren volver a lo conocido, con tal de recuperar su identidad  de pareja perdida. Así trabaja nuestro cerebro.

 Cuántos empresarios, tras un fracaso de negocio en un proyecto al que habían dedicado su vida, toman decisiones drásticas e incomprensibles. La pérdida de la identidad es un tema a tratar. Por no hablar, y dejaremos para otro post, la creación de la identidad de los jóvenes y la necesidad de trabajar en este proceso. ¿Se ideologiza la creación de la identidad?¿qué crees?

Simplemente Ser:

Así que no, no he escrito un libro, ni he preparado proyectos. Y sí, he podido desidentificarme para simplemente «ser» y poder reconsiderar mi identidad desde otra situación sobrevenida.  Y puedo confirmar que, como «ser», también tenemos valor. No necesitamos demostrarle al mundo que, dado que nos pasamos la vida creando etiquetas: “trabajadora”, “responsable” ,“siempre a tope”, …tenemos que seguir alimentando estas creencias, ni siquiera para nosotros mismos, que somos los principales ante quienes rendimos cuentas.

Así que me he tratado con amabilidad, dándome permisos, y con unas conversaciones internas profundas y gentiles que me han llevado a grandes descubrimientos.

Podemos vivir desprendiéndonos de la única identidad con la que creemos estar definidos y crear una nueva. Además, descubriremos que esto es muy saludable y abre un camino de potencialidades. Y si quieres probar, elige otro lugar donde vivir, distinto al actual, y verás qué fácil resulta este proceso.

Pero claro, no tendría que ser necesario «rompernos las dos piernas» para llegar a esta reflexión y vivir más libres. Puede que Irene tenga razón, y es que los humanos, sin grandes eventos que nos detengan,  solemos dejar «lo de pensar» para otra vida.